La leyenda del espanto mas famosa de portuguesa es el silbón, aunque en todos los pueblos caseríos y hasta en los barrios de la ciudad hay leyendas y cuentos de espanto, las Tucuraguas de San Rafael de Onoto, no es la acepción, Aunque las nuevas generaciones no conocen estas historias de aparecidos tal vez por no seguir una prácticas que los viejos lugareños de reunirse alrededor del fuego, que solían contar estas historias al caer la noche, al narrar esos relatos cargados de advertencias y enseñanzas. los mas jóvenes no oyen cuentos de aparecidos, brujas y espíritus ha sido reemplazada por nuevas formas de entretenimiento, de la era digital, así, muchas de las narraciones han quedado relegadas a la memoria de unos pocos.
Historias de Patio y Puchi.
Reyes Salones y su hijo Jhonny, conocido cariñosamente por su apodo "Puchi", habían planeado una noche de caza en la montaña. Era una tradición familiar que disfrutaban cada temporada, un momento para compartir y disfrutar de la naturaleza. Sin embargo, esa noche, algo inusual estaba a punto de suceder.
Eran aproximadamente las 10 de la noche cuando se internaron en la montaña, rodeados por la oscuridad y el suave susurro del viento atravesando los árboles. Mientras caminaban, Reyes notó que Puchi comenzaba a comportarse de manera errática. Al principio, pensó que tal vez su hijo estaba simplemente emocionado por la aventura. Pero cuando Puchi decidió apuntar con la linterna hacia un lado y luego bajarla abruptamente, repitiendo ese movimiento varias veces, la preocupación de Reyes comenzó a crecer.
—Hijo, ¿qué te pasa? —preguntó con voz firme pero comprensiva.
—Papá, veo un caballo con un jinete vestido de blanco —respondió Puchi, su voz temblando ligeramente. Reyes no pudo evitar fruncir el ceño, sintiendo que lo que decía su hijo sonaba absurdo, pero en el fondo, había una inquietud que empezaba a instalarse en su pecho.
Con un gesto veloz, Puchi volvió a iluminar el área. En un instante, la luz reveló solo sombras danzantes entre los árboles. Pero al volver a bajar la linterna, su rostro mostraba una mezcla de miedo y asombro.
—Cada vez que alumbro, desaparece —añadió, este tono de incredulidad le daba un aire aún más inquietante a la ya extraña situación.
Reyes, tratando de mantener la calma, respondió con voz tranquilizadora:
—Hijo, no ves nada. Estoy aquí contigo y no hay nada que temer. Te aseguro que no hay caballos ni jinetes, solo nuestra imaginación jugándonos una mala pasada.
Sin embargo, la mirada de Puchi seguía fija en la oscuridad, como si algo invisible estuviera atrapando su atención. La incertidumbre llenaba el aire y la chispa de terror comenzó a extenderse entre ellos. Finalmente, el ambiente se volvió demasiado inquietante para Reyes.
—Vamos, mejor regresemos a casa —dijo, invadiéndolo un impulso de proteger a su hijo de aquello que no podía comprender.
Sin más palabras, los dos padres e hijo se dieron la vuelta y justamente en ese momento oyeron el relincho del caballo, comenzaron a correr hacia la seguridad del hogar. A medida que se alejaban, el sonido de la montaña se desvanecía tras ellos, aunque el eco de la experiencia los seguiría acechando en sus pensamientos. Esa noche, la caza se convirtió en una historia que contar, un misterio sin resolver que quedaría grabado en sus memorias.
La vez que los encalamacaron.
Reyes y su hijo puchi,, habían decidido una vez más aventurarse en la montaña, un lugar que conocían a la perfección. Era una mañana brumosa y el aire fresco prometía un buen día para cazar. Con la escopeta al hombro, Reyes se sentía confiado en la búsqueda de su presa. No pasó mucho tiempo antes de que avistaran un cachicamo, un animal que había sido su objetivo durante semanas. Sin pensarlo dos veces, Reyes disparó, y el sonido del disparo reverberó entre los árboles.
Con el animal capturado, Puchi corrió a buscarlo, mientras su padre sonreía, satisfecho con su caza. Pero al emprender el camino de regreso, comenzó a sentir que algo extraño sucedía. La familiaridad del sendero se desvanecía y, tras unos momentos de caminar, se encontraron atrapados en una zanja que nunca antes habían visto. El agua, clara y luminosa, estaba llena de peces que nadaban despreocupados, como si el mundo exterior no existiera.
—¡Paito, estamos encalamocao! —exclamó Puchi, aún tratando de entender cómo habían llegado a aquel lugar.
Reyes miró alrededor, perplejo. Nunca había creído en las historias de encantamientos de los ancianos del pueblo, pero la sensación de confusión lo invadía.
—No sé... sigue caminando —respondió, intentando mantener la calma. Era mejor seguir avanzando que rendirse ante la incertidumbre.
Tras un rato de inquietante silencio y pasos inciertos, lograron salir a un sendero más conocido, uno que solía conducirlos sin problemas hacia el hogar. Pero al mirar hacia abajo, una inquietante realidad les golpeó: no llevaban al cachicamo en sus manos.
El espanto del animal, al ser arrebatado de su hábitat natural, había liberado a Reyes y a Paito de ese extraño encantamiento. De alguna manera, habían recuperado el sentido de dirección, pero la caza, su preciada captura, había desaparecido como un eco en el viento.
Mientas caminaban en silencio hacia casa, una inquietante sensación les envolvía. Aquella experiencia había cambiado algo entre ellos, dejándolos más juntos pero también con una pregunta sin respuesta: ¿habían estado realmente perdidos en la montaña, o su propia avaricia los había llevado a un rincón de lo desconocido? No escucharon el relincho del caballo que tantas veces les había espantado, pero ellos sabían que ese era el espiritud protector de la naturaleza, y en su lugar, solo quedaron la duda de lo ocurrido y el murmullo del agua, recordándoles que algunas cosas están destinadas a permanecer en el misterio de la naturaleza.
¡Corre, Gavino!
Gavino era un hombre de la zona, conocido por su habilidad en la caza. Un día, decidió salir a cazar venado con su amigo, un compañero experimentado en las artes de la selva y las montañas. Mientras avanzaban por los senderos serpenteantes, su amigo decidió adentrarse más en la espesura, persiguiendo un rastro fresco de presas.
De repente, mientras Gavino se mantenía a cierta distancia, escuchó a su amigo gritar desde lo profundo del bosque: "¡Corre, Gavino!" Sin pensar en las razones detrás de esta advertencia, Gavino dejó de lado su cautela y comenzó a correr, el corazón latiéndole con fuerza mientras se abría paso entre los árboles.
Después de unos momentos que parecieron eternos, finalmente se detuvo, agotado y sin aliento. Mirando a su amigo con una mezcla de confusión y enojo, preguntó: "¿Qué pasó? ¿Por qué corrimos?"
Su amigo, aún temblando de la adrenalina, soltó una risa nerviosa. "¡Guaaaa! Gavino, no viste el caballo que pasó tres veces justo por donde tú estabas. Y el jinete... en la última pasada, me metió varios cogotazos. Pensé que te había alcanzado."
La risa de ambos resonó en el silencio del bosque, entremezclándose con el canto de las aves y el susurro del viento. Gavino, aún recuperando el aliento, sacudió la cabeza con incredulidad. "¡Nunca más me asustes así!" dijo, aunque una sonrisa cómplice se dibujaba en su rostro.
A partir de aquel día, la anécdota se convirtió en una historia que contar, un recordatorio de que, en la caza y en la vida, a veces lo inesperado puede ofrecer los momentos más memorables.
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